Diciembre y no estás
Diciembre suele traer consigo una calidez ajena al clima. Se ve a la gente invadir las calles en grupo o pareja; parece que el frío no existe cuando hay compañía. Pero mi caso es diferente. Una vez más, el aislamiento habita entre estas cuatro paredes donde el calor se perdió hace tiempo.
Resulta cruel, casi violento, comparar este silencio con el de hace un año: aquel entonces estaba lleno de risas e instantes que juré que serían permanentes. Hoy, de frente, solo queda un viejo baúl que custodia el fantasma de lo que fuimos: correspondencia que ya no dice nada, retratos de alguien que ya no está y objetos que ahora solo ocupan un espacio muerto.
Busco valor en un trago de vodka; solo uno más, me digo en un engaño, mientras el ardor quema la garganta. Abro el baúl y, pieza a pieza, arrojo los recuerdos al vacío. Siento el peso de la realidad: el tiempo de mi vida se desperdició en ti.
El frío arrecia. Le prendo fuego a cada pedazo de nosotros y dejo que el baúl también arda.
Llegados a este punto, no sé si seré idiota. No sé qué espero de esto, ¿Realmente espero que lo leas? ¿Pensarás siquiera que estas palabras son para ti? Me voy a permitir decirte que esta no es la primera vez que escribo pensándote y probablemente, aunque hoy queme este baúl y jure que es el final, tampoco sea la última.
Se acabó el refugio. De saberlo todo de ti -tus miedos, tu forma de dormir, tus silencios- pasamos a la distancia de dos seres extraños que se cruzan en el tiempo. Nuestra historia se borra como si nunca se hubiese escrito.
Pero el fuego se desvaneció y ese frío interno permaneció intacto. El humo se disipó y las cenizas perdieron su calor. El calendario marca enero, pero la verdad es que yo aún sigo en diciembre... y no estás.
Pero el fuego se desvaneció y ese frío interno permaneció intacto. El humo se disipó y las cenizas perdieron su calor. El calendario marca enero, pero la verdad es que yo aún sigo en diciembre... y no estás.