Somebody
La calle es un espejo oscuro. La lluvia ha parado hace poco, dejando el asfalto brillante bajo los faroles y un frío que se clava en mis mejillas como pequeñas agujas. Es una noche de viernes perfecta para el silencio. En la mano derecha, el plástico de la bolsa cruje con cada paso; llevo una cena solitaria de sopa instantánea y un par de bebidas. Los coches pasan a mi lado con una lentitud prudente, sus neumáticos sisean contra el asfalto mojado y, de vez en cuando, una salpicadura de agua sucia me alcanza los pantalones, recordándome lo incómodo que es estar fuera. Se pierden en la dirección contraria, exactamente como nosotros.
Siempre he sido un hombre de invierno. Me gusta el aire que corta, la soledad de las calles vacías y esa paz que solo da el entumecimiento. Pero entonces llegó aquel primer verano y, contigo, conocí la calidez. Fue extraño, pero me permití arder. Ese primer invierno a tu lado fue distinto; tu calor me engañó y creí que podía cambiar de clima permanentemente.
Sin embargo, para el segundo verano, la magia se había evaporado. Empecé a
notar que ya no te buscaba, que tu luz me sofocaba en lugar de iluminarme. Y ahora, en este nuevo invierno, me doy cuenta de la cruda verdad: mi frío es igual contigo o sin ti. He vuelto a mi estado natural, y tú te has convertido en un incendio que intento apagar.
Al doblar la esquina, te encuentro. Estás ahí, apoyada en mi puerta, esperándome. Sé de dónde vienes; hueles a esa euforia artificial de quien acaba de estar bajo las luces, bailando con extraños. Me pregunto, mientras te observo desde la acera: ¿Acaso no encontraste a nadie allá afuera? ¿Por qué regresas a este refugio que ya no existe?
Te levantas con esa sonrisa hermosa que antes me desarmaba. Eres perfecta, un sol de verano en medio de mi calle congelada, pero ya no te quiero cerca.
—Te amo —dices en cuanto me tienes de frente.
Me abrazas, pero mi cuerpo es una estatua de hielo. Mientras hundes tu rostro en mi sudadera, mis dedos buscan desesperadamente las llaves en el bolsillo. El metal está frío, y ese contacto me reconforta más que tu piel. Puedo oler el alcohol en tu aliento y ese rastro de cigarrillos que sabes que detesto. Sé que sales a bailar para provocarme, para ver si queda un rastro de ceniza que puedas avivar con celos. Qué pérdida de tiempo.
¿No comprendes qué significa algo casual? No somos una pareja, nunca firmamos ese contrato. Lo nuestro fue un acuerdo de conveniencia que tú decidiste decorar con fantasías de algo más. Te estás haciendo daño insistiendo en formalizar el vacío, y me haces daño a mí obligándome a alejarte una y otra vez.
—Debemos dejarnos ir. —Me aparto de ti con un movimiento brusco, rompiendo el abrazo antes de que tu calor me toque. El plástico de mi bolsa suena como una advertencia entre los dos.
—Dilo de nuevo —te exijo. Mi voz suena áspera, sin rastro de la calidez que buscas—. Di que me amas.
Te quedas helada, con la palabra muriendo en tus labios. Empiezo a enlistarte, con una frialdad técnica, todas las razones por las que eso no tiene sentido. Te recuerdo mis silencios prolongados, las veces que te he ignorado a propósito, la distancia que he construido entre nosotros bloque por bloque. Te recuerdo que este invierno es mi estado natural y que no tengo el menor interés en dejarte pasar.
Ves la verdad en mis ojos y el dolor te golpea. Intentas retroceder, darte la vuelta para escapar de mis palabras, pero doy un paso al frente y te sujeto del brazo; no con fuerza, pero sí con la firmeza suficiente para que te quedes a escuchar el final.
—Tuvimos momentos hermosos, no lo niego —te suelto, bajando el tono—. El verano fue cálido, las risas fueron reales y el tiempo que pasamos fue bueno. Pero se acabó. Entiéndelo de una vez: solo fue algo casual. Un acuerdo que ya no tiene fondos.
Te zafas de mi agarre con un tirón violento. La humillación y el cansancio por fin ganan la batalla en tu rostro.
—Te odio —escupes, con las cuerdas vocales apretadas.
—Bien —respondo en un susurro—. Eso es mucho más real.
Te veo alejarte por la acera mojada, tus pasos perdiéndose en la dirección contraria a los míos. Al fin, saco mis llaves, abro la puerta y entro a mi silencio. Es hora de disfrutar de mi fin de semana. Ojalá encuentres a alguien por quien valga la pena arder, pero espero que te haya quedado claro que ese alguien no soy yo.