Fools

 


El sol de la tarde cae como un castigo sobre el jardín. Con las rodillas enterradas en la tierra seca que se me mete bajo las uñas y me recuerda lo estéril que se ha vuelto este lugar. He pasado meses regando, podando y removiendo este suelo, intentando forzar un brote de vida donde solo hay polvo. Es una contradicción agotadora: cuanto más cuido este jardín, más parece esforzarse por morir.

Igual que nosotros.

Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano y miro hacia la casa. Desde aquí, puedo ver las grietas en la fachada que he intentado ignorar. Esta casa no es un hogar, es una estructura que se desmorona en cámara lenta mientras yo me empeño en sostener las paredes.

Debí rendirme hace mucho tiempo.

En mi cabeza, este lugar siempre se veía distinto. Cerraba los ojos y veía un jardín verde, vibrante, con el sonido de algún pequeño corriendo por la hierba y el eco de una risa que llenaba los espacios vacíos. Soñaba con una casa en paz, con noches bañadas en hielo y silencio. Pero ese sueño era mío, no tuyo.

Tú amas el ruido. Te gusta el caos de ir de un lado a otro, la música alta, las luces que no se apagan nunca y esa obsesión por llenar cada segundo con impulsos vacíos. Hubo un tiempo, al principio, en que ese fuego tuyo me fascinaba. Creí que podrías calentarme el alma, pero lo único que hiciste fue quemar mi jardín.

Desde el primer día supimos que éramos líneas paralelas. Nos veíamos de cerca, caminábamos en la misma dirección, pero nunca íbamos a tocarnos. Me esforcé tanto por doblar mi propia naturaleza, por estirarme hasta alcanzarte, por cambiar mi silencio por tu ruido... y mírame ahora.

¿En qué fallé? 

Tú estás ahí dentro. Puedo ver el resplandor de las luces moviéndose, escucho el eco de tu explosividad, esa energía incansable que siempre necesita llenar el aire con algo, con lo que sea. Ese ruido que antes me fascinaba ahora me hiere. 

Desde aquí fuera, sentado en el borde donde termina el cemento y empieza mi fracaso, encuentro la única pizca de tranquilidad que me queda. Es un alivio amargo estar aquí, en el silencio de un jardín muerto que al menos no me pide que sea alguien que no soy.

Solo los tontos como yo se enamoran de un imposible. Solo los tontos creen que pueden cultivar flores en el desierto o construir un futuro con alguien que solo sabe vivir en el incendio del presente.

Sigo queriendo la casa en la colina, el eco de los niños y esa paz que sé que nunca me darás. Soy un tonto que prefiere quedarse aquí afuera, en la penumbra, a ver cómo se apaga el incendio, porque todavía, a pesar de todo, sigo queriéndolo todo contigo.